La masacre que dio origen al día del Trabajador

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Un puñado de trabajadores de tendencia socialista en contra de una federación sindical parecida a la antigua CTV venezolana, y en una lucha abierta con los empleadores de 1886, levantaron un aspaviento, que si bien terminó costándoles la vida, pasó a la historia como un acto reivindicativo eterno.

El establecimiento de este día fue un acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París en 1889, para darle sentido de lucha reivindicativa y de homenaje a los Mártires de Chicago.

Ellos fueron ejecutados a mansalva en Estados Unidos por su participación en las jornadas de lucha, que tuvieron su origen en la huelga iniciada el 1 de mayo de 1886 y su punto álgido tres días más tarde, el 4 de mayo, en la Revuelta de Haymarket.

Estados Unidos de espaldas 

Realmente no es de extrañar que Estados Unidos no celebre esta conmemoración, debido a que nunca ha reconocido a este día como un acto reivindicativo, y a los mártires de Chicago, como tales.

En su lugar se le exige a la población celebrar el “Labor Day”, el primer lunes de septiembre desde 1882 en un desfile realizado en Nueva York, y organizado por la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo. Casualmente la central obrera de derecha que le dio la espalda a la protesta en 1886.

La central auspició la celebración en septiembre por temor a que la fecha de mayo reforzase el movimiento socialista en los Estados Unidos.

Los sucesos de 1886

La mayoría de los obreros estaban afiliados a la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, pero tenía más preponderancia la “American Federation of Labor”, inicialmente socialista y posteriormente empapada de ideas anárquicas. En su cuarto congreso, realizado el 17 de octubre de 1884, ésta había resuelto que desde el 1 de mayo de 1886 la duración legal de la jornada de trabajo debería ser de ocho horas, yéndose a la huelga si no se obtenía esta reivindicación y recomendándose a todas las uniones sindicales que tratasen de hacer promulgar leyes en ese sentido en sus jurisdicciones. Esta resolución despertó el interés de las organizaciones, que veían la posibilidad de obtener mayor cantidad de puestos de trabajo con la jornada de ocho horas, reduciendo el paro.

Era una verdadera revolución en Estados Unidos, los conservadores reformistas no admitían la idea de trabajar menos de 14 horas, ya que la creencia y filosofía en que fueron formados hacían del trabajo un mandato divino, por ende la reducción de la jornada significaba un reto hasta para sus creencias.

En 1886, el presidente de la central socialista, Andrew Johnson, promulgó la llamada Ley Ingersoll, estableciendo la jornada de ocho horas. Al poco tiempo, diecinueve estados sancionaron leyes con jornadas máximas de ocho y diez horas.

La prensa calificaba el movimiento como “indignante e irrespetuoso”, “delirio de lunáticos poco patriotas”, y manifestando que era “lo mismo que pedir que se pague un salario sin cumplir ninguna hora de trabajo”, obviamente la prensa estaba en manos de los mismos patronos.

La “Noble Orden de los Caballeros del Trabajo” remitió una circular a todas las organizaciones adheridas donde manifestaba: “Ningún trabajador adherido a esta central debe hacer huelga el 1° de mayo ya que no hemos dado ninguna orden al respecto”. Este comunicado fue rechazado de plano por todos los trabajadores de EE.UU. y Canadá, quienes repudiaron a los dirigentes de la Noble Orden por traidores al movimiento obrero.

El primero de mayo de 1886, 200.000 trabajadores iniciaron la huelga mientras que otros 200.000 obtenían esa conquista con la simple amenaza de paro.

En Chicago donde las condiciones de los trabajadores eran mucho peor que en otras ciudades del país las movilizaciones siguieron los días 2 y 3 de mayo. La única fábrica que trabajaba era la fábrica de maquinaria agrícola McCormik, la misma dedicada ahora a condimentos, que estaba en huelga desde el 16 de febrero porque querían descontar a los obreros una cantidad para la construcción de una iglesia.

El día 2, la policía había disuelto violentamente una manifestación de más de 50.000 personas y el día 3 se celebraba una concentración en frente de sus puertas, cuando estaba en la tribuna el anarquista August Spies sonó la sirena de salida de un turno de “rompehuelgas”.

Los concentrados se lanzaron sobre los “mercenarios rompehuelgas” y comenzando una pelea campal. Una compañía de policías, sin aviso alguno, procedió a disparar a quemarropa sobre la gente produciendo 6 muertos y varias decenas de heridos.

Fuente:

Libro:

120 años del Primero de Mayo

Autor: Josep Joaquím Planells

2009

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