Rayuela: la historia que nunca envejece

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La rayuela aún se juega a la hora del recreo en la escuela o en la calle. Basta tener una tiza, un poco de puntería y equilibrio. Pasa el tiempo y el juego aún entretiene, así como Rayuela, de Julio Cortázar, a los 50 años de haber aparecido en los anaqueles de las librerías de Buenos Aires, sigue siendo leída por los jóvenes de cualquier parte del mundo.

Cuando escribió la novela, Cortázar pensó que lo hacía para su generación, pero ésta no comprendió la esencia lúdica del libro. Sus historias y disgregaciones filosóficas estaban destinadas a generaciones posteriores.

“Las primeras críticas, que naturalmente estaban a cargo de ellos, que eran los que firmaban en los periódicos, fueron muy negativas. Atacaban duramente al libro. Y en ese momento fue leído por los jóvenes y ahí encontró, quizá, su destino último, que se mantiene así a lo largo de dos décadas. De modo que para mí es una admirable recompensa” declaró Cortázar en algún momento.

La escritora Cristina Peri Rossi, cuando habla sobre Cortázar, siempre lo hace en presente y sostiene que de los escritores del llamado boom latinoamericano, él fue “el más querido por los lectores” y aquel con el que se identificaron con mayor facilidad “los escritores de la siguiente generación”.

Cualquiera de los grandes escritores de ese entonces podía convertirse en clásico: Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, según Peri Rossi; “en cambio Julio Cortázar nunca dejaría de ser joven, antiburgués, francotirador, cómplice del lector, un jugador, sin dejar de ser, al mismo tiempo, un gran lector, un escritor culto, un amante de la pintura, de la música y de la literatura llamada ‘menor”.

“Me gustan más los escritores llamados menores que los mayores, Cristina. Porque un gran escritor, un Shakespeare, un Cervantes, no inspiran: están ahí, perfectos, sólo se les puede admirar. En cambio, cuántas buenas ideas hay en los escritores menores, cuántos fracasos aprovechables; a un escritor menor siempre se le puede corregir, a uno mayor, no”, le escribió Cortázar.

El juego como invitación a la lectura es parte fundamental en su literatura: por ese juego es querido, recuerda Peri Rossi, pero también “por su falta de solemnidad, su actitud irreverente frente a las normas lingüísticas de la Academia, por su rebeldía, su espíritu renovador e iconoclasta”.

Monumento narrativo 

Mario Goloboff sostiene, en Julio Cortázar, la biografía, que “Rayuela es algo más que una novela reciente y cercana, un texto que estaba ahí, junto a su autor y junto a nosotros, apelándonos desde su originalidad y su modernidad, puede ser considerada, sin exageración, como uno de los monumentos narrativos del siglo (XX) en América Latina”.

“Contemporáneamente, se tu­vo la impresión de que algo sucedía con el nuevo lenguaje narrivo de Rayuela y de que un cierto deslizamiento de la épica lírica, y del campo de la oralidad al de la escritura, se estaba produciendo ahora también en la novela o, mejor dicho, Rayuela estaba ayudando a producir”.

La modestia, la humildad, acompañaron a Cortázar, como también la perpiscacia de ver el otro lado de las cosas y de los hechos, colocarlos en otra perspectiva sin pretenciones intelectuales, sino por el simple placer de detenerse en el pensamiento, en la pintura o en la música y buscar los hilos invisibles que atajan cada obra observada dentro de su novela cincuenteañera.

La advertencia inicial que de manera lúdica plantea el autor –Rayuela “es muchos libros, pero sobre todo es dos libros”–, es en parte un replanteamiento de la literatura, un intento explícito de generar la complicidad del lector, para que éste deje de ser pasivo. El juego es total, para que la literatura, a través de sí misma, remueva sus cimientos.

Llevaba un año escribiendo la novela, y en carta fechada en París, 27 de junio de 1959, le explica a Jean Barnabé –traductor de sus cuentos al francés– que cada vez le “gustan menos las novelas, el arte novelesco tal como se practica en estos tiempos”.

“Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género. Yo creo que la novela ‘psicológica’ ha llegado a su término, y que si hemos de seguir escribiendo cosas que valgan la pena, hay que arrancar en otra dirección”.

Con el tiempo, Cortázar cambiaría de opinión en referencia a llamar “antinovela” a Rayuela, y antes de la promoción de la obra manifiesta que no le “gustaría que le pusieran el acento en el lado ‘novela’ de este libro”, escribe en carta del 5 de enero de 1963 a Francisco Porrúa, editor de Sudamericana. “Sería un poco estafar al lector. Ya sé que también es una novela y que en el fondo, quizá lo que vale de él es su lado de novela. Pero yo la he escrito a contranovela”.

Cuatro años fue el tiempo que pasó Cortázar escribiendo Rayuela, entre 1958 y 1962. En ese lapso aparecieron en América Latina las obras Guerra del tiempo (1958) y El siglo de las luces (1962), de Alejo Carpentier; La región más transparente (1958), La muerte de Artemio Cruz y Aura (1962), de Carlos Fuentes; Montevideanos (1959) y La tregua (1960), de Mario Benedetti; Los pequeños seres (1959) y Los habitantes (1961), de Salvador Garmendia; El hacedor (1960), de Jorge Luis Borges; Hijo del hombre (1960), de Augusto Roa Bastos; El coronel no tiene quien le escriba (1961), Los funerales de la Mamá Grande y La mala hora (1962), de Gabriel García Márquez; El astillero(1961), de Juan Carlos Onetti; Oficina No. 1 (1961), de Miguel Otero Silva, yBomarzo (1962), de Manuel Mujica Láinez.

Por el aporte realizado a la lingüística y estilo latinoamericano, y la forma en que puso en práctica la narrativa, Cortázar es un gigante de la Literatura, que a diferencia de sus pares consagrados, ve crecer esa grandeza cada vez que alguien toma entre sus manos Rayuela y deja volar su imaginación.

(Con información de AVN)

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