Natalicio de Antonio José de Sucre

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Como si fueran dos niños en un patio, Antonio José de Sucre y Simón Bolívar siempre vivieron los más duros momentos y más grandes triunfos hermanados por una amistad que trascendía a la complicidad y el forjamiento de ideas libertarias en conjunto.

Antonio José de Sucre considerado el militar más completo y cabal de los próceres de la Independencia de Venezuela; fue un ejemplo en el estricto cumplimiento de su deber, resaltando sus conceptos de patriotismo, honor, gratitud y lealtad.

Sucre, dirigió con éxito grandes ejércitos, participó en la redacción de los tratados más importantes entre la Gran Colombia y España; logró conducir la liberación de Ecuador, Perú y Bolivia, y derrotó en la Batalla de Ayacucho (1824) al último bastión realista de todo el continente, por lo que recibió el título de Gran Mariscal de Ayacucho.

Su intervención política y militar en gran parte del territorio suramericano, fue determinante para la independencia de las antiguas colonias españolas.

Fue el personaje de la época, que debido a su calidad humana, actividad política  y efectividad militar, representaba la figura con más posibilidades de continuar el  proyecto emprendido por su buen amigo Bolívar.

En la última carta de Antonio José de Sucre a Simón Bolívar, escrita en Bogotá el 8 de mayo de 1830, consta “…el dolor de la más penosa despedida…”, y así de su propia mano escribe: “No son palabras las que pueden fácilmente explicar los sentimientos de mi alma respecto a Ud.: Ud. los conoce, pues me conoce mucho tiempo y sabe que no es su poder, sino su amistad la que me ha inspirado el más tierno afecto a su persona. Lo conservaré, cualquiera que sea la suerte que nos quepa, y me lisonjeo que Ud. me conservará siempre el aprecio que me ha dispensado. Sabré en todas circunstancias merecerlo. Adiós, mi general, reciba Ud. por gaje de mi amistad las lágrimas que en este momento me hace verter la ausencia de Ud. Sea Ud. feliz en todas partes y en todas partes cuente con los servicios  y con la gratitud de su más fiel y apasionado amigo”.

Su asesinato, el 4 de junio de 1830, en las montañas de Berruecos, constituyó la expresión más cruda de los enfrentamientos constantes entre las diferentes tendencias políticas de los países recién independizados. Una muerte necesaria para los enemigos políticos del Libertador, que se oponían a la unión colombiana.

Sus restos permanecen en la Catedral de Quito, Ecuador, país donde es reconocido y respetado.

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